Echar de menos un pueblo que no has tenido

En agosto el pueblo se llena. Se abren casas que llevaban once meses cerradas, aparecen coches con matrículas de sitios lejos, y en la plaza se oyen conversaciones que empiezan con "¿tú no eres el hijo de...?". Hay una alegría rara en todo eso, un poco de reencuentro y un poco de inventario: comprobar que la fuente sigue donde estaba, que la panadería no ha cerrado, que la casa huele a lo que olía.

Llevamos años viendo llegar a esa gente. Y llevamos los mismos años viendo llegar a otros.

Porque hay un segundo grupo, y es el que más nos interesa. Gente que no vuelve a nada. Que no tuvo abuela aquí, ni casa cerrada, ni veranos de niño en esta calle. Gente que llega por primera vez y sin embargo baja del coche con cara de estar volviendo. Se quedan quietos un momento en la puerta, miran hacia arriba, y dicen algo del tipo "qué bien se está". No están recordando nada. Y aun así echan de menos.

Eso es lo que nos gustaría contar hoy: que se puede echar de menos un sitio donde no se ha estado nunca.

Dos maneras de mirar atrás

Hay una pensadora, Svetlana Boym, que separó la nostalgia en dos. La primera quiere reconstruir: cree que aquello existió exactamente como lo recuerda y que se puede volver a montar, tal cual, si se ponen las piezas en su sitio. Es una nostalgia seria, que quiere tener razón. La segunda sabe que no vuelve. Se queda en la distancia, en el hueco, y ahí encuentra algo bonito. Esta segunda tiene sentido del humor.

La diferencia parece pequeña y no lo es. La primera exige que la realidad esté a la altura de un recuerdo. La segunda no exige nada.

Lo que suele venderse

Casi todo lo que se escribe sobre pueblos vende la primera. Como antes. Auténtico. De toda la vida. La España que no cambia. Se vende, básicamente, una máquina del tiempo: ven aquí y recupera algo que perdiste.

Y falla siempre. Falla porque ese pasado no existió del modo en que se promete, o existió con bastante menos agua caliente. Falla porque los pueblos no son museos y aquí también hay obras, y wifi, y adolescentes aburridos, y una furgoneta que aparca donde no debe. Y cuando alguien llega buscando la máquina del tiempo, lo que encuentra le decepciona un poco. No porque el sitio esté mal. Porque la promesa estaba mal.

Nosotras vivimos aquí en febrero. Sabemos exactamente lo que hay. Y precisamente por eso no vamos a venderos eso.

Lo que sí pasa

Lo que de verdad ocurre cuando alguien está bien en un pueblo no tiene que ver con haber vuelto. Tiene que ver con lo contrario: con llegar a un sitio que llevaba mucho tiempo funcionando sin ti y que va a seguir funcionando cuando te vayas.

La calle que fotografiaste en agosto sigue aquí en noviembre, con la misma sombra cruzándola, sin nadie que la mire. La garganta baja igual de fría en marzo. El olor a leña aparece en octubre y no lo enciende nadie para vosotros. Los pimientos se secan en su momento, no en el vuestro. Eso es lo bueno: que no es un decorado que se monte cuando llegáis.

Y ahí está el truco de los que vienen sin pueblo. Que como no arrastran recuerdo, no vienen a comprobar nada. Miran mejor. Ven la calle como es y no como debería ser. Se fijan en el empedrado, en las vigas de madera, en que aquí las sombras llegan antes que la noche porque tenemos la sierra encima. Nosotras, que lo tenemos delante todos los días, a veces dejamos de verlo. Ellos nos lo devuelven.

Nos caéis bien, los que venís sin pueblo. Nos recordáis dónde vivimos.

Callejear

Si tuviéramos que reducirlo a un verbo sería ese. No visitar, que suena a lista. No descansar, que suena a estar cansado. Callejear: andar sin un sitio al que ir, meterse por donde no sabes si se sale, pararse porque huele a algo, oír un murmullo detrás de una puerta entornada y no enterarse de nada.

Perderse un poco, a propósito.

Eso no requiere haber tenido pueblo. Requiere tiempo, que es distinto. Un día no llega. Dos, tampoco del todo. Al tercero suele pasar algo: dejas de mirar el pueblo y empiezas a andarlo. Cambia el ritmo del paso, empiezas a saludar, y ya no estás buscando nada.

Y entonces, curiosamente, sí que echas de menos. Pero ya no un pasado que no tuviste.

Echas de menos esta calle, en noviembre, desde tu casa. Y sabes que sigue ahí.

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